Mi práctica artística investiga la pintura como un espacio donde la materia, el dibujo y el gesto hacen posible la aparición de la figura. No parto de una imagen completamente definida; es durante el proceso pictórico donde el rostro y el cuerpo emergen, se transforman o se desvanecen, revelando una tensión constante entre presencia y ausencia.
Aunque mi recorrido comenzó desde la abstracción y la exploración matérica, con el tiempo la figura humana se convirtió en el eje de mi investigación. Sin embargo, no me interesa el retrato como representación fiel de una persona, sino como un territorio donde convergen la memoria, la identidad, la vulnerabilidad y la experiencia humana. Cada pintura es una búsqueda en la que la materia no ilustra una idea: participa activamente en su construcción.
El dibujo constituye el lenguaje que estructura mi pensamiento visual, mientras que la materia permanece como una pregunta abierta. Las huellas, las veladuras, las superposiciones y las alteraciones de la superficie forman parte de un proceso en el que la imagen nunca se presenta como algo definitivo, sino como una presencia en permanente transformación.
En los últimos años, esta investigación ha incorporado reflexiones sobre la migración, el desplazamiento y la reconstrucción de la identidad. Estas experiencias no aparecen como un tema aislado, sino como una extensión natural de una búsqueda más amplia sobre la condición humana y la manera en que el tiempo, la memoria y el territorio dejan su huella sobre el cuerpo.
Concibo cada obra como una experiencia de descubrimiento. Me interesa ese instante en el que la pintura deja de ser únicamente materia para convertirse en presencia; un espacio donde lo visible y lo invisible conviven, invitando al espectador a construir su propia lectura desde la contemplación y la experiencia.
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